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domingo, 10 de febrero de 2013

Luchar contra la corrupción: Individuo y sociedad, ética y leyes, política y religión. Un tema muy profundo

¿Cómo se lucha contra la corrupción? ¿Obligando a publicar las cuentas, a más transparencia? ¿Persiguiendo con más medios y aplicando castigos más duros a los corruptos? Todo eso está bien, pero una vez más, el debate está sesgado, y es muy limitado, sin ni siquiera rozar el fondo del problema.

¿Cuál es el objetivo del progreso? La medicina, por ejemplo. Queremos evitar el SUFRIMIENTO de la humanidad, y también liberarnos de nuestras restricciones humanas (electrodomésticos que nos liberen de las tareas domésticas, por ejemplo). La utopía de las sociedades occidentales es “CONSTRUIR EL PARAÍSO EN LA TIERRA”, algo que las religiones han descartado desde hace tiempo, por imposible. ¿Quién tendrá razón?

¿Hemos progresado mucho en reducir los niveles de sufrimiento de la humanidad en el último siglo de grandísimos progresos tecnológicos? Mi idea de partida (verdadera ó falsa), es que el PROGRESO ha sido muchísimo mayor que el incremento de bienestar y felicidad. Las economías occidentales son Ferraris donde las correas patinan, de forma que un alto porcentaje de energía y potencia, se pierde, se desperdicia, se despilfarra. Por eso, según crece el progreso, en vez de bajar los impuestos, hay que subirlos. Con el progreso, en vez de trabajar menos horas y liberarnos, trabajamos más… ó no trabajamos en absoluto (desigualdades crecientes). Aquí habría mucho que decir…

Con el tema de la corrupción, veo en su máxima expresión la confrontación entre los dos modelos propuestos por la humanidad para progresar y acercarnos al paraíso en la tierra: LA POLÍTICA QUE BUSCA REFORMAR Y MEJORAR LAS INSTITUCIONES (SOCIEDAD) Y LA RELIGIÓN QUE BUSCA REFORMAR Y MEJORAR EL SER HUMANO (INDIVIDUO).

He tenido esta discusión muchas veces, y admito que es muy difícil argumentar que la política y las instituciones no sirven para nada. Seguramente no hay que ser radical. Pero mi idea de fondo es que las instituciones y la política, son ante todo PARCHES. La mejora de verdad, la mejora de fondo y duradera, es la que se consigue mejorando la calidad humana, y no me refiero a conocimientos y formación técnica (que también), sino a calidad moral y ética. Eso lo saben bien en PSICOLOGÍA: las cosas se hacen mejor y más rápido cuando creemos en ellas, cuando lo hacemos de motu propio y estando convencidos, en vez de hacerlo por imposición, por miedo, ó por obligación. La creciente legislación, que nos prohíbe cada vez más cosas, es una mala señal: si lo necesitamos, es que somos cada vez peores…

Si los políticos, los empresarios, ó cualquier persona, quiere robar ó engañar, no habrá ley que lo pare. A corto plazo (y aquí el corto plazo son muchos años, incluso generaciones), es útil y necesario. Pero el debate de fondo es: ¿cómo conseguir que seamos mejor personas y nos portemos bien? Portarse bien va mucho más allá de cumplir la ley, aunque aquí de nuevo, esa distinción entre legalidad y moralidad cada vez es más inexistente… y es también una señal de deriva (ó al menos de “no mejora”).

El enfoque de la política es muy cómodo: queremos mejorar el mundo a través de las instituciones, sin que nos cueste ningún esfuerzo individual. Cuando hablamos de las INSTITUCIONES, en realidad estamos diciendo “LOS DEMÁS“. La mejora del mundo, que venga desde fuera. Todos protestan: la derecha considera que los malos son los de la izquierda, y viceversa. Estamos hablando todo el rato de conceptos clásicos: ¿de quién es la CULPA? De los demás. Todos queremos que mejore el mundo, queremos vivir mejor, pero curiosamente el debate público gira en torno al “sistema y las instituciones” y no en torno a las personas, los valores y los principios.

Orientar el debate hacia la reforma de las instituciones, “hacia lo que hay que hacer“, y no “hacia lo que yo tengo que hacer“, es un problema a largo plazo. Nos genera la falsa sensación de que la “culpa” de los problemas del mundo es del sistema ó de las instituciones, y no de los “individuos”.


Conclusión.
No pretendo aportar grandes soluciones ni respuestas. Pero sí plantear cosas que no oigo nunca por ahí. La confrontación entre política y religión (en sentido muy amplio), donde la primera quiere reformar instituciones (el “sistema”) y la segunda llama a la introspección y la mejora individual, es un tema totalmente inexistente en la vida pública. No pretendo aportar grandes descubrimientos, pero sí desmontar errores de razonamiento y planteamiento. Me gustaría insistir en que Legalidad y Moralidad no son en absoluto sinónimos. Que cuando hablamos de “instituciones”, la mayor parte de las veces estamos diciendo “los demás”, lo cual es muy cómodo. Y que el DOGMA DEL PROGRESO nos conduce muchas veces a situaciones absurdas, donde la huída hacia adelante nos conduce al precipicio. Sin duda este dogma del progreso, como todos los dogmas, es tanto más peligroso cuanto más inconscientes somos de su existencia. Otro tema que daría para mucho más que éste artículo…